viernes, 8 de octubre de 2010

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Subió descalza junto a él para contemplar una vista maravillosa de su ciudad. Podría haberse quedado allí una década, observando las tintineantes lucecitas que le daban la bienvenida, pero sólo disponía de esa noche, así que retuvo cada pequeño detalle en su retina.

El viento de mayo movía su pelo. Tiritaban, era una mezcla de frío y nerviosismo. Ella cerraba los ojos despacito para poder comprobar, al abrirlos, que todo era real, que estaba allí, que era él quien sonreía para ella, que eran sus ojos los que la miraban y que eran sus manos las que rozaban las suyas.

Las conversaciones terminaron en silencio, una mirada y un beso tímido que dio paso a otro de pasión sublime. Ella sobre él. Unas manos que sujetaban sus muñecas con fuerza, haciéndole sentir que era suyo, al menos aquella noche. Un corazón acelerado latiendo a la misma intensidad que el de ella. Una luna que mira de reojo escandalizada entre los huecos que dejan las nubes, y se muere de envidia… El ritmo incesante de la ciudad que para ellos dejó de existir durante un instante…

Otro silencio. Una pausa. Unas manos que se entrelazan y se aprientan con fuerza, deseosas por recorrer cada rincón de la geografía del otro. Dos bocas que se funden y la ropa que va cayendo con prisa, sin dejar la ternura a un lado. La distancia deja de existir para sus cuerpos, haciéndoles cómplices hasta lo inimaginable y el sabor salado del sudor, deja paso a las caricias y a las sonrisas.

Dos locos, una locura.
Un carpe diem hecho realidad.


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